Carta editorial

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Indudablemente, aceptando la inmortalidad del espíritu o al menos la existencia de éste, en nuestra mente alabamos su magnitud.

Se habla de él en diferentes lenguas, con distintas descripciones y fuerzas, pero ninguno sabemos con certeza qué encontraríamos si abriésemos el alma con un bisturí. Pero sabemos que está ahí.

Lo sentimos al conmovernos por una puesta de sol, al caminar bajo la lluvia, al gritar de rabia o en la ciencia de un beso. Hay en nosotros algo que se revuelve, que nos une a todos, que nos incita a creer o a cuestionar, y esto es lo que en lengua común, se llama espiritualidad.

Si miras las copas de los árboles que te rodean, que somnolientos se balancean con el danzar del viento puedes casi verla, y sentir un vuelco en tu respiración.

Es el sonido de una trompeta nocturna, es la construcción de una lágrima, son las uñas que se parten de aferrar con fuerza aquella que más deseas.

Es por ello que este principio de año, donde todos hemos guardado nuestras promesas en sobres cerrados, y hemos decidido grabar en nuestro corazón que será un año mejor que el anterior. Justo en este cambio de aires donde se concentran todos nuestros anhelos, nos hemos preguntado como afecta este delicioso fantasma en el arte.

¿Qué es lo que mueve a crear?¿Tiene que ver con una espiritualidad mayor, colectiva o individual?¿Tiene que ver con los demás o contigo mismo?¿Cómo se manifiesta?

De modo que este mes nos preguntamos,

¿Qué es la espiritualidad en el arte?

 

Fotografía por Pamela Abad Vega

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