Carta editorial

PORTADA

Casi 5 minutos. Las notas se entrelazan con el silencio del vacío, el vacío de la nada, el final del todo. Extiendo mis brazos sintiendo los últimos rayos del día, libertad. Una libertad que me hace sentir que exploto, un sinfín de colores al óleo mezclados con restos de alucinógenos. Entonces ella empieza a cantar, mientras la velocidad aumenta y una ladera de árboles va quedando atrás, uno, tras otro. Sus susurros sin concordancia no tienen apenas significado, excepto que ese es mi lugar, una independencia infinita.

En un mundo cada vez más ajetreado, lleno de horarios y calendarios que cumplir, parece que esos términos de “libertad” e “independencia” se han perdido entre el caos que supone pertenecer a una humanidad casi robotizada. Sin embargo, todavía seguimos usando estas acepciones. ¿Por qué? ¿Qué significa en este momento “ser independiente”?, ¿qué consideramos el “ser libre”?

Diferencias terminológicas. Eso es todo.


Independiente

1.  Que tiene la capacidad de elegir y actuar con libertad sin depender de un mando o una autoridad extraña.


Entrelazadas y confundidas, hablamos de la independencia como movimiento y de la independencia como concepto meramente económico.

Existe todo un mundo cultural independiente creado dentro de una ideología de la libertad, de la diferenciación, de la ruptura de los convencionalismos. Paralelamente, crece un sector alejado de las grandes compañías, inmerso en una financiación independiente que de la misma manera proporciona toda una esfera de libertad.

En ocasiones coexisten ambas terminologías. En ocasiones no. ¿Y cuál es la acepción correcta?

Casi 5 minutos. Ya apenas quedan segundos y los últimos rayos han caído. Vuelvo a bajar los brazos. Eso es lo que dura lo efímero.

 

Fotografía por Álvaro Gómez Pidal 

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