Ciclos

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“Some things, once you’ve loved them, become yours forever. And if you try to let them go…They only circle back and return to you.  They become part of who you are…or they destroy you”

 

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Huele a sal. Estamos cada vez más cerca de la costa, y la presencia del mar se siente entre nosotros. Hemos parado a repostar en mitad una autopista cerca de Barcelona. Bajamos de la furgoneta de un salto. Se escuchan los grillos en los campos cercanos, y nosotros mudos. Nuestros ojos dilatados de cansancio. Las manos más rápidas han terminado de enrollar cigarrillos y el suave olor de tabaco nos rodea. La explanada nos rodea. El tiempo nos observa inmóvil, desde algún rincón lejano, y nosotros en sentimental parálisis nos fundimos en uno. Queda un último concierto.

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 Algunas cosas comienzan con el final de otras. El último aliento de todas las fantasías ansiadas. Las esperanzas palidecen y los recuerdos súbitamente brillan con una magia antes ignorada.

Es difícil definir por qué tememos tanto a los finales. Quizá nos hemos tambaleado tanto con sus promesas, que después es extraño bailar a otro paso.

Recuerdo las nubes el día que las cosas cambiaron para mí. Eran grises y profundas, como los ojos de un anciano sabio. La luz trazaba figuras a través de ellas. Había un presagio en el viento frío. Era aun invierno, y mis pensamientos eran pausados. Sin embargo, aquella noche llegaron ellos.

foto Luca Smoof

Y con ellos llegaron las noches encerrados en el salón a oscuras, escuchando viejos discos y fumando con ansias de promesas las colillas de los cigarros. Llegaron las noches de primavera bailando en el jardín, encendidos por los presagios de aventuras. Llegaron las tardes de lluvia sobre el impermeable tejado de nuestras ilusiones, inventando música y tradiciones nuevas. Las horas volaban entre farfulleos de grandeza y preludios de jazz. El suelo de la casa se llenó de nuestros zapatos, con los cordones manchados de tierra de expediciones nocturnas en verano. Juntos parecíamos invencibles, parecía que las horas que pasaban no tenían efecto sobre nosotros, y podíamos ser aquello que más deseasemos ser. El tiempo parecía uno, solo uno. Un dia largo lleno de sol. Pero la noche siempre llega y con ella, los cambios en el guión.

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Barcelona nos acoge brillante, como un mito en boca de marineros exhaustos. En los últimos días de viaje hemos pasado noches corriendo entre las piedras de los faros, bajo la luna llameante. El mar en ademán furioso golpea los cimientos de las montañas donde nos dejamos envolver por la niebla. Y ahora estamos aquí. Parece el final de un sueño extraño. Yo sigo escribiendo en esta libreta en un desesperado intento de no dejarnos ir. Todo en estos días ha sido tan palpitante.

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Pero refugiados en el 56 de la Calle Braxfield, no lo vimos llegar. Nuestras realidades se extendieron por todos los cuartos de la casa, creando un presente eterno. Nos amarramos unos a los otros para combatir los miedos, las soledades, las desilusiones y las incertidumbres.

Ellos olían a hierba mate y madera vieja. La misma madera que constituye la casa que nos arropaba. Sonreían con acordes arcaicos y al principio comían arroz. En la cocina a menudo se tropezaba con los trocitos de grano, que alguno de ellos había derramado al cocinar mientras distraídamente silbaba una canción.

Cuando las noches eran especialmente frías, siempre hervía el té. Litros de té esparcidos en estas memorias.

Eran seis. El segundo número de nuestra casa, ya que el primero era el de nuestra suerte. El Chico de las especias fue el que me los introdujo,que era el primero de ellos. Alma antigua y sonrisa consciente.

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Y supongo que vi el amor desde aquel ángulo. Con sinceridad pensamos que los momentos son eternos, pero se escabullen como el aceite en nuestras manos, y cuando volví a abrir los ojos, pasamos cerca del mar nuestros últimos recuerdos juntos. Llegaron los vientos que anunciaban el cambio y nos sacudieron en distintas direcciones. Viajamos en una furgoneta todos juntos y volvimos en piezas de destartaladas emociones.

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¿Quién dicta por qué suceden las cosas? Jamás llegaremos a adivinar, pero entendemos que las estrellas fugaces son aquellas que arden más deprisa. Son aquellas que más ansiamos observar porque duran solo unos segundos de unísono con el corazón, y después se desvanecen para dejar paso a una memoria, intangible, y demostrarnos que no entendimos nada de la vida. Que en esos instantes de inseguridad reside la belleza. En esos suspiros breves reside la verdadera magia, los sentimientos contenidos que en un gesto sencillo se escapan de nosotros y explotan en artificios.

En el último atardecer olía a mar. Salimos de aquel concierto sin saber que era una despedida. El atardecer fue rápido, apenas nos envolvimos en él. Y al recuperar la conciencia era de noche. Una noche sin una sola estrella.

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Llega la temida manifestación de cambio, envuelta en incertidumbre. Al principio quise pelear, quise revolverme sola con una espada de excusas y tentativas en reencontrar el camino a casa. A casa 56.

Después entendí que me había perdido, y que a casa no llegaría. No de la misma manera.

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Entendí que en verdad, casa estaba en mi. Y que mi corazón olería como aquella madera vieja. Y un poco a mate también. Porque aquello que llegamos a amar más que a nosotros mismos, no se desvanece, sino que como el rastro de los fuegos artificiales, deja en nosotros la secuela del coraje. Y que el cambio es solo la manifestación de que el tiempo avanza, pero no es una sentencia. Que siempre amanece al final de las colinas, y que, viejos amigos, estáis siempre conmigo.

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Fotos de Alessandra Corazzini

Alessandra Corazzini

Wizard's Howl apprentice on filmmaking and other arts of the heart.

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