El brutalismo, la arquitectura incomprendida

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No es inusual que el viandante desprevenido se dé de bruces (visualmente hablando, claro) con una de estas monolíticas estructuras de hormigón. La reacción natural ante semejante visión tiende a venir en forma de comentario de incomprensión: “¿A quién se le ocurrió la brillante idea de construir algo tan feo?”. Porque, dentro del amplio elenco de  calificativos que se pueden emplear para describir a un edificio brutalista, “bonito” no figura en ninguna parte.

 Y es que el brutalismo arquitectónico no surgió para satisfacer a las pupilas de ningún ciudadano sibarita, después de todo… ¿O quizá sí?

Surgido en la década de los 50, y alcanzando su máximo esplendor en los 70, el brutalismo es, quizá, el estilo arquitectónico más incomprendido. Tanto su nombre como lo adusto de las estructuras que entran en esta definición no parecen presagiar nada bueno. Uno no puede evitar contemplar un edificio brutalista y preguntarse si alguna organización  internacional de supervillanos opera desde dentro del coloso de hormigón de turno.

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Tanto es así, que numerosos países a lo largo del mundo han erigido edificios brutalistas para que salvaguarden departamentos relacionadas con sectores gubernamentales, muy por encima de las competencias del grueso de la población. El mensaje parece realmente claro: las instituciones alojadas en este tipo de edificios son tan fuertes y pragmáticas como la fachada que las guarece.

Algunos orgullosos ejemplos de esta tendencia a asustar al prójimo son el edificio J. Edgar Hoover, en Washington, (que constituye, ni más ni menos que el cuartel general del FBI), la base de defensa Stanley Mickelsen, en Nekoma (Dakota del Norte), o el Inconmensurable e inverosímil hotel Rugyang en Pyongyang (Korea del norte). Sin embargo,  no todos los edificios brutalistas pretenden enviar este mensaje. Muchos de ellos alojan hospitales, otros tantos, bibliotecas (como la biblioteca  Geisel, en San Diego, o la John P. Robarts, en Toronto), e incluso hoteles (Tomorrow Tower, Shanghai).

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 En contra de lo que pueda parecer, el brutalismo no adquirió su nombre por el impacto que genera en el entorno, ni las opiniones que pueda suscitar. Su origen proviene del francés. “Betón Bruit” (Hormigón Crudo) fue el material de elección del arquitecto suizo Le Corbusier para realizar esta serie de construcciones.  Sería un sueco, el arquitecto Hans Asplund quien finalmente acuñaría el término Brutalismo.

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La realidad es un sucesor directo del modernismo arquitectónico, y como tal, busca reflejar de forma fiel los avances tecnológicos del momento.  Los principales teoréticos tras el brutalismo, la pareja de arquitectos Alison y Peter Smithson, concibieron esta rama arquitectónica como una representación de una utopía  (si, habéis leído bien) moderna. Los edificios de hormigón buscaban reflejar la desnudez y simpleza de estilo propias de una sociedad que había abandonado el exceso y la ostentación en busca de un equilibrio entre belleza y pragmatismo. El hormigón constituye un material que se antoja perfecto para tal fin, pues se trata de un invento relativamente reciente, que posee robustez y firmeza.

El brutalismo, es, sin lugar a dudas, el estilo arquitectónico más incomprendido y menospreciado. Pese a ello, los edificios de este corte proliferan por todas partes.

Quizá los brutalistas se han salido con la suya, después de todo.

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