Entrevista a Roberto Castón

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En la pasada edición del Festival de Cine de San Sebastián, en la sección de Nuev@s director@s, se estrenó Los tontos y los estúpidos, la última película de Roberto Castón. En palabras del director es una película sobre “un grupo de profesionales del cine que entra en un plató para, a lo largo de un solo día, leer/ensayar/contar/vivir la historia de Los tontos y los estúpidos. Sentados alrededor de una mesa y siguiendo las indicaciones del director, los actores nos presentan el proceso de creación de los personajes y cómo mediante los ensayos, las indicaciones, la iluminación, el sonido o el atrezzo, lo que al principio no era más que una historia plasmada en un guión se convierte en una película, en cine, esa gran ilusión óptica, ese engaño visual que nos permite disfrutar de las historias que vemos en la pantalla”. Una película en la que las líneas que separan realidad de ficción se van haciendo cada vez más imperceptibles, una película sobre “personas que son actores que son personajes que son personas”.

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Más allá de la película, esta entrevista trata de conocer las motivaciones de un director novel pero con sobrada experiencia y las fases del proceso creativo, pero también trata temas como la naturaleza del arte cinematográfico como factor necesario en toda sociedad o sobre el estado actual de la industria.

Estudiaste filología hispánica en la Universidad de Santiago de Compostela ¿Cómo has llegado a convertirte en director de cine?

“Bueno, no es tan ajena una cosa de la otra, al fin y al cabo son lenguajes los dos. La filología es el amor a las palabras o al lenguaje y el cine es una forma de lenguaje. Entré en filología porque me encantaba escribir, me encantaba la literatura, y me pareció que era lo más cercano a una futura e idílica carrera de escritor. En Coruña era muy difícil plantearse estudiar cine porque no había módulos como los que conocemos ahora, ni escuelas de cine, salvo las privadas, y no se me pasaba por la cabeza ir a estudiar a la ECAM. Y piensas que como eso no va a poder ser te decides empezar por la filología que es lo más fácil de conseguir, pero deseas retomar esa idea en cuanto puedas. Ya en la carrera, me acabó interesando más el lenguaje que la literatura, porque la literatura es algo fijo que se puede estudiar y disfrutar pero no cambiar, y sin embargo el lenguaje es algo que está en continuo cambio. Mi primera profesión fue la de profesor de español para extranjeros en el Instituto Cervantes de Lisboa. En Portugal, por suerte, viví una buena época en la que todo el mundo quería estudiar español y conseguí ahorrar bastante dinero como para pensar que ya me podía permitir el “lujo” de estudiar cine, y me fui a Barcelona, una ciudad que me encantaba. Estudié en el Centro de Estudios Cinematográficos de Cataluña, que hoy en día no existe porque la crisis lo ha quemado, hace dos años que cerró. Trabajaba por las mañanas dando clases en una academia, donde me pagaban fatal y por las tardes noches estudiaba cine. Así poco a poco hice mis primeros cortos y a través de unas amistades de Bilbao, supe que la asociación Hegoak quería hacer el primer festival de temática LGTB del norte de España, yo ya había acabado los estudios y me llamaron para trabajar con ellos. En 2003 me vine a Bilbao y cree el Zinegoak, la primera edición fue en el 2004. Y allí tomé un contacto más directo con el cine pero desde otra perspectiva, el mundo de los festivales, ser programador… Ese año estrené Maricón, mi primer corto grande, coincidió todo: estrené mi primer corto y haber dirigido mi primer festival, ya estaba claro que me tenía que dedicar a eso. Fui dejando la filología de lado para dedicarme más al cine”.

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Una vez integrado de lleno en esta industria ¿Qué es lo que más te gusta, y lo que menos, de hacer cine? ¿Cuál es la mayor satisfacción que obtienes con tu trabajo?

“Soy un fanático de los procesos creativos. Sentir que una cosa crece, creativamente hablando, me produce mucha satisfacción. Ya con la escritura, el guión, cuando ves que aquello va cogiendo forma y llegando al punto que tú quieres, eso me produce satisfacción. Después hay un proceso que no me gusta nada, es lo que más detesto: la defensa de tu guión en foros de coproducción o los famosos speech, que son muy interesantes porque conoces a mucha gente, pero es la parte menos creativa, la parte de convencer a alguien para que apueste por tu película. Después de la escritura del guion, cuando es más o menos definitivo, la parte que más me gusta es la lectura con los actores, que no tiene que ser necesariamente un ensayo, simplemente una lectura. Lectura que hago de manera individual con cada uno de los actores y hacemos aportaciones a nivel creativo. Ahí crece sobre todo el personaje, porque notas como el actor o la actriz va entendiendo ese personaje y lo va incorporando a su persona. También me gusta mucho otra parte creativa que es la fotografía. Siempre procuro tener una relación especial con el director de fotografía, una relación de confianza mutua y de creación mutua. Para lograr unir dos lenguajes: el lenguaje del realizador que es el encuadre, el ángulo, la distancia y profundidad de campo, con el lenguaje del fotógrafo, que es la luz, dónde pone las sombras y dónde la luz. Es mucho más importante de lo que muchos cineastas piensan, a veces se ven películas en las que todo se ve perfecto pero no hay luz dramática, la luz no aporta nada. El rodaje en general lo disfruto mucho, salvo rodajes muy cansados o en los que ruedas por la noche o te tienes que levantar a las 5 de la mañana”.

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Con el enorme proceso creativo que conlleva, es indudable que lo que haces es arte, pero ¿crees que el cine de hoy en día es arte o que se está convirtiendo en un negocio más, que únicamente busca el beneficio económico?

“Por supuesto, sin ninguna duda que es arte. Pero no sólo lo hago yo, el arte lo hacen los actores, vestuario, peluquería, es un arte colectivo y quiero remarcar la palabra porque igual no se dice lo suficiente pero el cine es un arte colectivo, es el compendio en una sola obra del trabajo de decenas de artistas. Lo que realizamos es una obra artística, que puede ser un arte más popular o más privilegiado en el sentido de que llega a menos personas, puede ser un arte más político o todo lo contrario. Lo considero un arte, y además un arte muy muy muy importante porque puede llegar a mucha gente, considero que como tal, al menos mis películas, siempre ha de tener un posicionamiento político y hacer reflexionar mínimamente a las personas. Pero incluso las películas que están pensadas como escapismo también son políticas, porque precisamente buscan que te evadas de tus problemas actuando como bálsamo reductor de la ira contenida del pueblo. Como no me parece bien hacer películas escapistas, y ni siquiera sé si sabría hacerlas, prefiero que tengan un contenido y que hagan reflexionar, sin que sean panfletarias ni elitistas. Procuro hacer un cine de “autor”  pero que sea para todos los públicos y todas las audiencias. Y a cerca del tema del cine como arte o como negocio, el cine siempre ha estado, desde el principio de su historia, en esa doble vertiente. Pero también le ocurre a todas las artes, la pintura también puede ser simplemente decorativa y carente de contenido o ser una obra de arte, y la literatura mucho más, puede ser un simple entretenimiento sin mayor valor literario o puede ser una literatura reflexiva y profundamente contestataria, o la arquitectura que puede ser simplemente formalista o puede ser revolucionaria. No pasa nada, es así, unos lo utilizan de una manera y otros de otra”.

Precisamente por la necesidad de obtener un beneficio económico ¿crees que un cineasta está más limitado a la hora de crear que, por ejemplo, un pintor, que necesita menos recursos que aquel para crear su obra?

“Sí, ahí entra la parte económica y la parte del beneficio económico, y si hay beneficio hay negocio. Pero eso también está cambiando porque se ha abaratado los costes de producción, hoy en día cualquier persona con un iPhone puede hacer una película, otra cosa es como llegue y como se vaya a distribuir. Carlos Vermut hizo su primera película con muy poco dinero y la estrenó en internet, y la vio bastante gente, ahora Magical Girl seguro que se la compra algún canal de televisión y la puede ver más gente aún, pocos pintores pintan cuadros que sean vistos por tanta gente. Los costes se han abaratado y gracias a internet se puede llegar a más público. Es cierto que cierran muchas salas de cine pero lo que nunca va a morir son los festivales de cine porque es una experiencia colectiva que sólo te la da un festival de cine, cada vez hay más festivales que cada vez necesitan más películas, con lo cual aunque una película solo viviera para un festival de cine ya tiene una vida interesante”.

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En la creación de tus películas te has encontrado con diversas dificultades ¿alguna vez te has sentido incomprendido como cineasta?

“No, mis películas son relativamente fáciles, a todo el mundo le llega lo que quiero decir, esta última por las circunstancias estaba hecha de una manera diferente pero se ha comprobado que el público entra en la película, que es lo importante. Pero sí he sentido acobardamiento por parte de algunos distribuidores o exhibidores. La parte de la exhibición, los propietarios de los cines, es el talón de Aquiles de la industria del cine español. No se atreven a exhibir películas, o no saben hacerlo, cuando una película es un poco complicada la ponen a la peor hora, con lo cual todavía es más difícil que vaya gente a verla. Si convences a alguien para que estrene tu película no le da tiempo para que la película crezca, si a la semana no hay cierto número de espectadores la retira. No me he sentido incomprendido pero si he sentido acobardamiento por parte de ellos”.

Hablando del estado de la industria del cine, el gran debate de nuestro tiempo sobre la cultura en general se da entre los que piensan que el arte debe pagarse, y los que creen que es patrimonio de todos y que son los estados los que han de promoverlo y hacerlo universal y accesible ¿Tú qué piensas?

“La segunda opción sin ninguna duda. El estado es o debe ser agente importante del arte, de su creación. Para todo tipo de arte. Y lo que está haciendo el gobierno actual con el arte es todo lo contrario, pero eso es lo que les interesa a los gobiernos de derechas: que no haya arte, que no haya cultura y que el pueblo sea lo más manejable y lo menos culto posible. Manejar a un pueblo culto es prácticamente imposible. El hecho de que haya tres premios nacionales que acaban de rechazar dichos premios, cosa que nunca había sucedido, es muy sintomático de lo que están haciendo con el arte. Otra cosa es vivir de las subvenciones que eso es parasitismo, pero hay que hacer una fórmula intermedia que ya se decidirá y ya se verá. Pero lo que no puede haber es esta nula intervención del gobierno, no puede ser”.

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