Gerda Taro es Gerda Taro

Mexican Suitcase, MS 46
Uno de Agosto de 1910. Nace Gerta Pohorylle en Stuttgart –Alemania. De familia judía con ascendencia polaca. Empieza a interesarse por la ideología socialista. Ascenso de Hitler al poder, 1933. El lugar incorrecto, el tiempo equivocado. Los primeros fotogramas de la creación de un nombre que, durante años, se ha mantenido escondido en los libros de Historia.

No llegó a tiempo para que Woody Allen le diera voz en Midnight in Paris. En la capital francesa descubrió que el mundo también se podía medir por cuestiones de luz aunque, en aquellos años, abundara la oscuridad. En medio de un París nostálgico que aún seguía buscando la belleza de los años 20, Gerta decidió empezar a contar historias usando imágenes. Nunca han sido tiempos buenos para los licenciados en ideologías, en pensamiento y en verdad, así que tuvo que crearse una figura propia. Gerda Taro. Al principio actúo como representante de un fotógrafo estadounidense en el que los límites de la realidad y el mito se entrelazan y del que parte su obra tiene carácter femenino. Pero, entonces, descubrió que una mujer también tiene el deber de retratar a los que nunca han podido hacerlo. Y lo hizo.

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Se cortó el pelo, se pintó los labios de rojo republicano y se largó a una guerra. Corría el año 1936 y dos Españas eran el escenario perfecto para ser la primera foto periodista mujer qu
e cubre una contienda bélica. Conoció a mujeres valientes, sucias, con tacones y desaliñadas. Se colocó detrás de una trinchera y descansó vestida de miliciana en la calma de la batalla. Vivió en un tiempo en el que no se sabía si su siguiente pisada iba a estallar en mil pedazos. A pesar de eso, nunca le tembló el pulso y parte de lo que hoy conocemos de aquella realidad es gracias a su Rolleiflex. Rafael Alberti se rindió a sus ojos, Hemingway la consideró una igual y muchos milicianos españoles sonrieron cómplices porque ellos ya habían descubierto lo que una mujer era capaz de hacer. Fumaba demasiado y contestaba cuando no había que hacerlo. Por aquel entonces, si tenías 26 años eras aún invencible.

Recorrió una España republicana y abandonada mientras se encontraba cara a cara con aspectos que nunca se planteó obviar. Su fotografía está llena de una naturalidad que no pasó desapercibida a los ojos de la revista francesa Vu. Llenó sus páginas con lo que estaba sucediendo en aquella parte del mundo y lo hizo con una filantropía que marcaba un antes y un después. Tal y como sucedió con el español asustado que afronta la muerte de cara en un cuadro de Goya, se empezaron a ver personas y no cifras en sus reportajes. Idas y venidas. París, Madrid, Toledo, Brunete. Una estela que se cortó cuando, el 26 de Julio de 1937, la parca llamó a su puerta. Nunca le dio tiempo a cumplir 27 años.

 

Murió en el Escorial horas después de ser arrollada por un tanque republicano en una retirada donde toda la mala suerte posible entró en escena. Cuenta la leyenda que, en sus últimos instantes de vida, empezó a reclamar sus cámaras. Sus negativos. Quizás, se estaba empezando a dar cuenta que muerta, su historia moriría con ella, que durante muchos años sería olvidada, que sus  fotografías se las atribuirían a otros. Que no había llegado a la época en el que ser la primera foto reportera que muere en una guerra te diera un hueco en el imaginario colectivo. Para siempre.

No vivió 1939, 1945, la II Guerra Mundial, la Guerra de Corea, un par de desembarcos ni llegó a comprobar que los conflictos bélicos dejarían de ser directos para enmascararse en algo denominado ‘psicológico’. Aunque las muertes se siguieran sucediendo, ésta vez en frentes muy lejanos de los Estados que se enfrentaban. Su cuerpo fue enterrado con todos los honores como heroína republicana y, durante la segunda mitad del siglo XXI, apareció siempre acompañando a otros con la preposición ‘de’. Tuvo que esperar a 1994 para que Irme Schaber le escribiera una biografía, esta vez sí, como fotógrafa.

 


Fotografías extraídas de “La Maleta Mexicana”
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