Kandinsky y la abstracción de la música

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Para hablar de espiritualidad en el arte, al margen de la espiritualidad religiosa que ha marcado el arte durante siglos, es obligatorio recurrir a la figura de Wassily Kandinsky y a los planteamientos del grupo que formó con Franz Marc, August Macke o Paul Klee, llamado El jinete azul.

Estos artistas desarrollaron la necesidad que tenían de expresar su yo interior, y creían en el arte como vía de purificación. Su pintura nace de una espiritualidad de profundo misticismo, de la búsqueda de esencias y de verdades universales, por ello se va liberando de referencias naturales y avanzando hacia la abstracción. Van pasando de lo material a lo espiritual y para ello se fijan en la música, que es el único arte no mimético, creen que la pintura como la música ha de despojarse de toda realidad empírica para poder ejercer una influencia directa sobre el alma.

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La música es el arte más abstracto, el que mejor expresa el mundo interior del artista y el que mayor facilidad tiene para conmover el espíritu de las personas. Esto despertaba una gran envidia en Kandisnky que pretendía lo mismo pero a través de la pintura y dedicó su vida a ello. Su pintura evolucionó hacia la abstracción dando toda la importancia al color. Los colores, igual que los sonidos, vienen a nuestra imaginación de modo abstracto y sin límites, el artista, como el músico, hace vibrar nuestra alma, pero en lugar de hacerlo con notas musicales lo hace con colores. Según Kandinsky, el  color es capaz de producir en nosotros dos efectos diferentes: por un lado, un efecto físico similar a la excitación producida por un manjar en el paladar, excitación que desaparece al extinguirse el estímulo, es pues un efecto superficial y de poca duración. Y por otro lado, un efecto psicológico que produce una vibración anímica, un efecto profundo y duradero que deja una huella permanente en el alma.

El color y la forma son dos elementos sensibles en la obra de arte, y el artista ha de expresar a través de ellos el principio de necesidad interior, presente en todo arte, que tiene su origen en tres necesidades místicas del artista: su necesidad individual, como creador, de expresar su mundo interior; su necesidad, como hombre de una época y lugar concreto, de plasmar un estilo basado en el lenguaje del momento; y su necesidad, como artista propiamente dicho, de expresar lo que es pura y eternamente artístico y que pervive en todos los hombres, lugares y épocas, este es el elemento principal del arte, ajeno al espacio y al tiempo.

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Estos tres ingredientes místicos son absolutamente necesarios en toda obra y están fuertemente interrelacionados, expresando la unidad de la obra en cualquier época. Cuanto mayor sea la presencia de los dos primeros en una obra de arte, más fácil le será a ésta acceder al alma de sus coetáneos, y cuanto mayor sea la presencia del último más universal se hará dicha obra, que será admirada por hombres de cualquier lugar y momento. A algunas obras les ocurre que es necesario que pasen varios siglos para que el valor de esa tercera necesidad sea captada. Aquello que hace que una obra pueda llegar a cualquier alma del mundo y de la historia no se encuentra en la forma sensible, en lo externo, sino en el contenido místico del arte, por ello el artista debe únicamente mirar hacia sí mismo y prestar atención a su necesidad interior sin dejarse influir por las formas de su tiempo, es el único camino hacia la expresión mística. Esta voluntad de expresión es la fuerza inagotable que impulsa al arte constantemente hacia adelante.

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