La belleza de la fealdad

4-bichos-PORTADA-FEALDAD

La presencia de la fealdad ha sido una constante en la historia del arte. La famosa obra de Umberto Eco, Historia de la fealdad, hace un exhaustivo recorrido por las diferentes imágenes de fealdad que se han producido en el arte occidental a lo largo de los siglos. Resulta complicado resumir este ingrediente fundamental de la historia del arte en unas pocas líneas, es mucho más sencillo y eficaz explicar un importante rasgo común que tienen la mayoría de representaciones de la fealdad de cualquier época, esto es, la relación y unión de fealdad física y fealdad moral o maldad, que también cambia con el tiempo y presenta excepciones que veremos más adelante. Esta única característica de las imágenes de la fealdad nos proporciona un interesante camino para explicar y comprender mejor la evolución del concepto y representación de la fealdad a lo largo de la historia del arte.

Comencemos por el principio, los griegos tenían un ideal de perfección: la «kalokagathía», palabra que surge de la unión de «kalós» (bello) y de «agathós» (bueno). A partir de esto la civilización griega y sus herederas han venido afirmando la relación entre fealdad y maldad. Durante toda la historia, el arte ha representado como feo lo que se consideraba malo, por supuesto con algunas excepciones. Cuando se estudia el arte clásico, que es raíz del arte occidental, se nos remite a una belleza idealizada basada en la simetría, la proporción y la armonía. Primero en Grecia con la escultura de Policleto que después se llamó “Canon” (ideal de proporción) y más tarde en Roma con las proporciones perfectas que expuso Vitruvio en su tratado De architectura. Podemos deducir que todo lo que se alejara de estas proporciones perfectas debía resultar a los antiguos desagradable, molesto y, en definitiva, feo. Pero no debemos olvidarnos de que en la antigüedad clásica también se creó un amplio repertorio de seres que encarnaban la negación de todo canon. En la mitología y literatura grecorromanas se describen seres híbridos que por violar las formas de las leyes naturales y por su crueldad y maldad son considerados espantosos y horribles. Ejemplo de ello son las gorgonas, mujeres con el cabello formado por serpientes y que petrificaban a todo el que las mirara directamente; o Cerbero, un voraz perro de tres cabezas que guardaba la puerta del infierno; también el cíclope Polifemo, un horrible gigante de un sólo ojo que descuartizó y devoró a varios compañeros de Ulises; o las esfinges, que son un híbrido de mujer y león con alas.

1 seres grecia

En el mundo cristiano lo feo y lo terrorífico aparecen en el Apocalipsis bajo la forma de lo diabólico (el Mal), el último libro de la Biblia narra visiones de cataclismos y de desastres naturales en los que aparecen varios monstruos híbridos. El Apocalipsis y los libros miniados que se van copiando en los siglos posteriores, inspirarán los frescos y relieves de las iglesias que representan las horribles condenas a las que tendrán que enfrentarse los pecadores tras la muerte. Espantosas imágenes cargadas de dramatismo, con monstruos deformes y terribles torturas que buscan atemorizar y advertir al fiel. Pero la fealdad máxima en el cristianismo es la alcanzada en las imágenes del demonio, el mayor mal del mundo. Antes del demonio cristiano hubo muchos demonios en otras culturas: como Ammut en Egipto, un horrendo híbrido de hipopótamo, cocodrilo y león que devoraba a los culpables en el más allá; o los seres de rasgos bestiales de la civilización mesopotámica; Al-Saitán, con atributos de animal o Gul, un demonio necrófago, ambos de la cultura islámica. En la Biblia se hace referencia al demonio únicamente a través de sus acciones y de los terribles efectos que estas provocan, pero sin proporcionar una imagen clara de este personaje, con las únicas excepciones de la serpiente que tienta a Eva en el Génesis y de aquél ángel rebelde que Dios arrojó a los infiernos.

2 demonios

Resulta obvio que el demonio por encarnar el mal en el mundo ha de ser feo, y en los textos posteriores va adquiriendo mayor monstruosidad, heredada de los seres y demonios híbridos de la antigüedad. En la pintura y escultura desde el siglo XI se le representa como un ser con cola y orejas de animal, barba de cabra, garras, cuernos o (más tarde) alas de murciélago, en una infinidad de combinaciones a cada cual más horrenda. En la época de Lutero se creía que el demonio habitaba en los vicios de la sociedad (él mismo identificaba al diablo con el Pontífice Romano) y en la iconografía de aquél momento de decadencia se empieza a identificar al diablo con los vicios, convirtiéndose este en símbolo de aquellos y relegando a un segundo plano su representación monstruosa. Esto queda plasmado en El jardín de las delicias de El Bosco, obra que ofrece sensuales escenas del mundo de los placeres terrenales que conducen al infierno e inquietantes visiones del más allá. El autor no proporciona imágenes de demonios pero sí de los vicios de la sociedad de su tiempo y del futuro castigo que comportan.

El Bosco crea un abundante repertorio de seres monstruosos, fascinantes y aterradores a la vez. Pero mucho antes de que lo hiciera él apareció, probablemente en Irlanda y hacia el siglo VIII, el Liber monstrorum de diversis generibus que describe una enorme variedad de monstruos. Fue un libro de mucho éxito cuyas copias circularon por toda Europa inspirando a muchos escultores y miniaturistas. Dada la admiración que suscitaba en las gentes de aquel tiempo la visión de semejantes bestias, surgieron los bestiarios moralizados, en los que a cada monstruo se le asignaba una enseñanza moral. Pero al margen del contenido moralizante y didáctico, en la Edad Media se hicieron innumerables textos con descripciones de seres híbridos y fantásticos que no eran ejemplos de belleza pero tampoco se consideraban dañinos, y que no simbolizaban vicios o enseñanzas, eran simplemente deformes y feos. He aquí una de las excepciones a la constante unión entre fealdad física y maldad interior. En estos textos se hablaba de los acéfalos, seres sin cabeza y con los ojos en los hombros; los astomores, que por no tener boca se alimentaban de olores; los esciápodos, con una sola pierna y un enorme pie; o el bellísimo unicornio.

3 bosco

Esta separación entre fealdad y maldad llegó a su culminación cuando, a finales del siglo XVIII, el concepto y la imagen de lo feo comenzaron a cambiar con los deformes personajes de la literatura romántica que, a pesar de su terrible aspecto, resultaban tremendamente atractivos para el lector y que en muchos casos no encerraban maldad alguna. Es el caso del personaje jorobado de Víctor Hugo en Nuestra Señora de París. Esta separación continúa en la actualidad: hoy en día se admiran seres grotescos y feos que son extraordinariamente encantadores, como los extraterrestres de la Guerra de las Galaxias, E.T. o los héroes de cómic que, por su aspecto y sus poderes, hace siglos podrían haber parecido monstruosos. El concepto de fealdad y su representación fueron evolucionando y ya en la Edad Moderna, surge una de las expresiones más curiosas que se han hecho de la fealdad en la historia del arte: la caricatura. Un tipo de representación cómica de la realidad, realizada con el objetivo de humillar y hacer aborrecible a un personaje conocido o una categoría social reconocible a través de la deformación grotesca de los rasgos del rostro. Son muy célebres y numerosas las caricaturas que se crearon durante las guerras mundiales de propaganda antinazi, antifascista y anticomunista, de nuevo se unen maldad y fealdad en la misma imagen. Es reseñable en caso de Charles Darwin, que sufrió duras críticas a raíz de sus estudios sobre la evolución y protagonizó numerosas caricaturas como esta de 1871, en la que es representado con cuerpo de simio.

5 collage

En el arte del siglo XX cambia por completo la representación de la fealdad, no se recurre ni a monstruos ni a seres deformes ni al diablo. Los artistas se sirven de la guerra, la muerte o la destrucción, quisieron denunciar la alienación de la sociedad contemporánea, cada uno a su manera. Los futuristas utilizaban la fealdad como forma de provocación, para ellos era más bello un coche de carreras que la Victoria de Samotracia. Los expresionistas alemanes utilizaban la fealdad como denuncia social, representaban rostros marchitos y repugnantes que expresaban la desolación y la corrupción de su tiempo. Los cubistas proponían una deconstrucción de las formas y se inspiraron en el arte africano que para el gusto del momento era considerado monstruoso. Los dadaístas recurrían a lo grotesco para remitir a la fealdad, véase el Urinario de Duchamp. Y los surrealistas exploraban el subconsciente por medio de imágenes perturbadoras y monstruosas. El arte se apropia de lo que es despreciado por feo, no para integrarlo sino para denunciar, en lo feo, el mundo que lo ha creado. Es el caso de una de las obras más importantes de todo el arte, el Guernica de Picasso, una obra que plasma los horrores de la guerra con una tremenda expresividad que conmueve al espectador de la forma más desagradable, una obra que evidencia la mayor fealdad que la humanidad puede crear.

6 duchamp + guernica

El arte ha incluido la fealdad entre sus imágenes de la misma forma que ha incluido la belleza. La fealdad es algo que está presente en la realidad que nos rodea y si el arte pretende recrear esa realidad en su totalidad, no puede evitar lo feo, lo malo o lo desagradable. Así pues, la fealdad ha penetrado en el arte con todo derecho, los artistas han mirado sinceramente la vida sin ocultar sus miserias y han representado la fealdad con tanta intensidad como han hecho con la belleza. La fealdad pasa de la realidad al arte y, por la intensa emoción que produce en el que la contempla (aunque esta no sea placentera), se convierte en una categoría estética más. Por todo esto las obras que contienen y expresan la fealdad tienen tanto valor como las que expresan belleza y nos provocan sensaciones agradables.

Loading Facebook Comments ...

Be first to comment