La cultura Zombie

Históricamente, el ser humano ha sentido una fascinación casi morbosa por todo aquello capaz de hacerle temblar de pánico. Ya fuese en forma de tenebroso relato de terror frente al fuego, para acongojar a los más jóvenes de la tribu, o a modo de oscura novela, que se resarcía en el sufrimiento del desdichado protagonista y su fatídico destino. El ingenio humano parecía estar siempre dispuesto a engendrar las criaturas más aberrantes y diabólicas, para pavor (y regocijo) de los atónitos espectadores; desde el Cthulhu de Lovecraft, hasta el monstruo de Frankenstein y Shelley, pasando por el Drácula de Stoker.

Después llegó la gran pantalla, y con ella las que habrían de asentarse como reyes indiscutibles del género: Los zombis.

 Originaria de la tradición vudú Congoleña (entre otros), la palabra zombi (erróneamente trascrita como zombie en el habla inglesa) significa “regresado”; un cadáver carente de voluntad propia, que ha sido resucitado por un brujo como sirviente.

Pese a que nuestros amigos los zombis han poblado literatura popular durante generaciones, su repentino salto a la fama se debe al cineasta norteamericano, George A. Romero, quien consolidó la imagen que tenemos hoy en día del arquetipo de zombi con sus películas de clase B.

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La casi masoquista necesidad humana de pasar miedo voluntariamente alcanzó su clímax con estos seres de ultratumba, en estado de avanzada descomposición, y con una peculiar predilección por los cerebros. ¿Qué los volvió tan populares? Nadie lo sabe con certeza. Quizá se trate de la ineludible atmósfera apocalíptica que siempre viene de la mano (o muñón) de estos zambos cadáveres. O tal vez sea la diatriba moral en que sometían a los protagonistas, sobre matar a un zombi que antaño era su familia, o dejarse masticar hasta el tuétano, O simplemente es que tal vez disfrutemos viéndolos devorar, uno por uno, a todos aquellos infelices que se cruzan en su camino…

 Sea como sea, la invasión zombi se ha propagado por todos los medios de ocio habidos y por haber: cine, literatura, comics, videojuegos, convenciones, e incluso música (“Mi novio es un zombie”, ¿alguien?)  y sus apariciones cinemáticas no siempre han sido en clave de terror. Han  protagonizado comedias (Zombieland), películas de acción (como la saga basada en el videojuego Resident Evil) , y romances (Warm Bodies). La guinda del pastel en lo que respecta a este ocio necrófilo la pone la empresa WRG (World Real Games), que ofrece toda una suerte de paquetes de aventura delimitados a zonas urbanas pequeñas, entre los que destaca su famosa epidemia zombie: Los participantes han de sobrevivir a la invasión zombi haciendo uso de los escasos recursos en su haber, y lo peor (mejor) de todo, es que pueden acabar infectados por los zombis, volviéndose uno de ellos. (Que alguien lea esto y lo organice en mi pueblo, ¡por favor!)

 No obstante, tan prolífico fenómeno social ha conseguido traspasar incluso las barreras del ocio,  y convertirse en verdadera obsesión para algunos.

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Tanto es así, que algunos países han desarrollado planes de contingencia en caso de pandemia zombi (el infame CONOP 8888 del departamento de defensa estadounidense) y algunas empresas ya han decidido sacar tajada de toda la locura colectiva. Sin ir más lejos, la empresa Norteamericana Tiger Wood Logs ofrece en su página todo un fortín anti-zombi totalmente equipada y 10 años de garantía por el módico precio de 150 mil dólares. Un caprichito al alcance de unos pocos.

Lo alarmante no es tanto que una significativa parte de la población mundial crea que algo así pueda pasar, ¡sino que muchos de ellos desean que ocurra!

En definitiva, parece que nuestros amigos los mastica-cerebros se han convertido en las nuevas mascotas de moda para algunos, y una obsesión delirante para otros.  La perspectiva  de un apocalipsis zombi en las próximas décadas es bastante improbable, pero lo que sí está claro es que la zombi-manía ha venido para quedarse.

Parece que después de todo, la invasión zombi  no necesitaba de ninguna fórmula química para volverse viral.

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