La realidad se muda a la ficción

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Contar historias ha sido, durante muchísimo tiempo, la principal función asignada a la literatura. Siempre hemos sido un poco como el sultán de las Mil y una noches y las necesitamos para sobrevivir. Las historias nos ofrecen realidades alternas que nos permiten escapar un poco de la nuestra. Leer, y los lectores lo sabemos bien, sana. Está en esa evasión uno de los principales motivos de la producción del siglo XX. En medio de una Historia plagada de desastres humanos la literatura se volcó en la denuncia y en el surrealismo. Mostrar para luego intentar escapar.

Muchos autores entendieron esa función y algunos de ellos vieron en su arte la posibilidad de volcar lo más íntimo de su ser. Nos regalaron pedacitos de su vida para que nosotros pudiéramos huir de la nuestra. Se llegó así a un nivel de maestría por el cual muchas de esas obras fueron un antes y un después en la historia literaria. Autores que responden a la imagen de aquel que utiliza todo lo observado, lo vivido y lo sentido para después devolvérnoslo en forma libro. ¡Qué bonita palabra!

 

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James Joyce se valió de toda su experiencia primaria para conformar gran parte de lo que fue él mismo. En Retrato de un artista adolescente muestra todas las preocupaciones que le provocó su educación religiosa en su desarrollo como persona. Aparte de incluir grandes rasgos autobiográficos y nombres propios de personas cercanas, creó una figura que pudiera definir parte de lo que él mismo fue: Stephen Dedalus, su alter ego. “Stephen se parece a su autor tanto como se diferencia. Joyce escribió una novela que Dedalus nunca hubiese podido escribir” declaraba su editora Jeri Johnson. Esas diferencias se agravaron con la edad y, por eso, en Ulysses ­su obra maestra­ Joyce tuvo que echar mano de otro personaje: el protagonista Leopoldo Bloom. Dedalus es la juventud, el paso a la madurez, el cambio en alguien que está lleno de incógnitas. Bloom es el desencanto de la madurez y ambos son dos caras de la misma moneda. Un autor tan lleno de contrastes que necesitó dos antagónicos para poder definirse.

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“Samsa no es por entero Kafka. La metamorfosis no es una confesión, aun sea, en cierto sentido, una indiscreción” declaraba el autor austríaco sobre su obra principal. Mucho se habla de la relación entre Gregorio Samsa y él mismo. El hecho de que la transfiguración sea vista como un sentimiento de inferioridad es el que más ha alimentado esta teoría. Las confesiones más absolutas del autor las encontramos en sus conocidas Carta a su padre y Cartas a Felice pero no es ellas en las que reside la magia. Kafka consigue crear una historia donde su propia vida y ficción se juntan rechazando lo que hasta el momento se creía correcto y realizando una crítica feroz a la realidad predominante. Una de las mayores figuras del existencialismo consigue –como es obvio en esta corriente­ ahondar en lo más terrible del ser humano y para ello se centra en todo lo que ha sentido o conocido en sus relaciones familiares. Quizás Samsa no sea Kafka pero le debe gran parte de su configuración como mito.

La literatura sudamericana del siglo XX se basa en una realidad social y política clave. A partir de ella, empezaron a construir ficciones tan llenas de fantasías que ­en multitud de ocasiones­ llegaban a esconder el fondo. Entre todos ellos, Mario Vargas Llosa fue el autor que más se abrió íntimamente en sus obras. La tía Julia y el escribidor es, literalmente, la historia de su primer matrimonio con Julia Urquidi que era hermana política de su tía y 10 años mayor que él. El propio Vargas Llosa nombra a su personaje principal como él, Mario o Varguitas. Las habladurías de la gente, la oposición familiar y el fervor de un primer amor son realidades que Vargas Llosa consiguió plasmar sin tapujos en una de sus principales obras. Como curiosidad, la propia Julita escribió su versión de la historia en Lo que Varguitas no dijo.

Herman Melville 1

quote_2El hombre luchando contra sus propios demonios es un tema recurrente en la historia de la literatura universal pero, a la hora de ponerle cara a esos miedos, a casi todos nos viene la imagen de un gran cachalote blanco. Moby Dick. Herman Melville decidió embarcarse en un barco ballenero tras descubrir que la embarcación convencional no resultaba satisfactoria para él. Los motivos fueron prácticamente iguales a los que luego volcó en Ishmael –el joven marinero de su obra­ y la obra explica de forma magistral el modo de operar en la industria ballenera en el siglo XIX. Melville no tuvo un reconocimiento temprano y, tras publicar dos obras fuertemente olvidadas por el público, es cuando dio la clave con la historia del gran cachalote blanco. Como Acab –viejo marinero obsesionado con dar caza a su némesis Moby Dick­ había conocido la persecución de una empresa que nunca parecía llegar a buen puerto. Acab nunca consiguió realizar su sueño pero sí le dio a Herman Melville la posibilidad de cumplir el suyo.

Munro

“Usted escribe básicamente sobre mujeres fuertes, ¿siente que puede ponerse en la cabeza de los hombres también? No puedo ponerme en la cabeza de los hombres por una simple razón: nunca voy a poder sentir, como ellos, que lo más natural sea que todo gire alrededor de mi trabajo y mis intereses” Alice Munro se ha pasado toda su vida danzando entre la palabra feminismo. Se le suele acusar de no haber sido suficientemente política pero, sin embargo, Munro ha tenido la difícil misión de representar a la generación de mujeres que fueron niñas durante la II Guerra Mundial, crecieron con el muro de Berlín y criaron a las mujeres que protagonizarían la revolución femenina a partir de los 70. Su obra está llena de experiencias personales y familiares que conforman a distintas mujeres que tienen que vivir siempre al margen del trabajo profesional. Asidua a los relatos publicó en 2012 Dear Life en el que resume las experiencias personales que ­a sus 82 años­ consideraba esenciales, “las primeras y últimas cosas ­también las más fieles­, que tengo que decir sobre mi propia vida”. Cuando al año siguiente recibió el premio Nobel lo hizo con la mirada de esa generación que personificó el siglo en el que el escritor nos dio su vida para que nosotros pudiéramos evadirnos de la nuestra.

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