LAS PALABRAS DEL YO

portada las palabras del yo

Once upon a time and a very good time it was there was a moocow coming down along the road and this moocow coming down along the road met a nicens little boy named baby tucko…

(A Portrait of the Artist as a Young Man, James Joyce)


 

El alma ha sido, durante mucho tiempo, el terreno comanche donde escondernos cuando el resto del mundo nos daba demasiado miedo. Podían caer ciudades, que se levantaran murallas, que se volvieran a destruir; nunca nadie se atrevía a meterse en lo más íntimo de otro ser. Nos creímos a salvo y empezamos a buscar todo lo que iba para fuera, lo que no definía pero llenaba. La inspiración, ese tercer objeto que simplemente se diferenciaba por la manera que teníamos de verlo. Parecía tan difícil dar un paso hacia dentro y olvidar el mundo.

Leemos Ulyses y, aunque no vivamos en un Dublín decadente ni hablemos con acento irlandés, nos identificamos con lo que cuenta. No porque nos haya pasado, no porque tengamos los mismos intereses vitales. Simplemente por cómo nos lo están contando. Porque supone un viaje a la mente de otra persona y darnos cuenta que la nuestra no es tan infranqueable como querríamos.

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Tenemos cinco años y es imposible que entendamos algo de Retrato de un Artista Adolescente y, sin embargo, leemos sus primeras oraciones veinte años después y nos llega un eco de verano, un olor a hojas secas y un ligero calor en la piel. Aunque no haga sol. Aunque esté en un dialecto que no dominamos. Sólo hace falta pronunciar sus palabras en voz alta y asustarnos porque, sin previo aviso, nos estamos leyendo a nosotros mismos. O a ese recuerdo que creíamos tan olvidado que ya dudábamos si llegó a existir.

Lo llamaron corriente de la conciencia aunque sea un nombre estúpido por pretender usar un término moral cuando ya hemos aprendido que no hay nada verdadero. Es más empezar a hablar de escribir y escribir lo que hablamos porque no hay necesidad de utilizar comas y James Joyce nos ha enseñado cómo no perder el aliento mientras leemos en voz alta. ¿Quién dijo que a Joyce se le pudiera leer en voz alta?

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Cuando las palabras hablan de la menstruación, se convierten en sangre y éstas empiezan a utilizar un ritmo tan lento que casi parece un goteo constante de sensaciones hasta cerrar el libro y darnos cuenta de que necesitas una taza de café caliente. La lluvia nos cala, es tan incesante, tan breve, tan directa que aparece un paraguas roto sobre nuestra cabeza. Si Molly habla de una infidelidad, sentimos el desagrado, la incomprensión, sabemos que su mente sigue enamorada de Leopoldo y no podemos culparla por ese deseo atemorizado que también estamos empezando a sentir.

Esta corriente surgió a principios del siglo XX, en un período de vanguardias y de ruptura con lo establecido. No era un grupo estilístico ni una diferenciación literaria sino una técnica narrativa –establecida por el psicólogo William James– que se popularizó entre los más importantes literatos de la época. El autor irlandés no fue el único que cayó rendido ante ella. La Colmena de José Cela es el ejemplo perfecto de cómo meternos en la mente de alguien apenas escuchando conversaciones fragmentadas de un café madrileño. Virginia Woolf transformó esta técnica narrativa en suya convirtiéndola en su sello particular y permitiendo conocer algo que la literatura lleva años intentando obviar. La mente y la mujer, dos figuras que se dieron la mano gracias a la autora inglesa.

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Jugar con las palabras y con la forma narrativa fue una de las características imprescindibles de las vanguardias. Para ello se necesitaba un cara a cara con nuestro ‘yo’, con lo que éramos –ya no como conjunto- sino individualmente. Intentaron  descubrir para luego romper porque ¿realmente estaba siendo la literatura reflejo del ser humano? ¿Hablaba de ti y de mí, y de la parte que en realidad me conforma cada mañana?

La corriente de la conciencia nos trajo un nuevo prisma para medir en el que no se necesitaba medir nada. Empezaron a importar solamente las palabras y los pensamientos. Nuestros recuerdos y el tono con el que los recordamos. Nuestro presente y la indecisión que éste nos puede llegar a producir.

El alma, esa maldita a la que nunca pudimos esconder.

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