Literatura a través de lo oscuro

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En un Londres de finales del siglo XIX que ya no vivía la grandiosidad victoriana antes mostrada al mundo, los hombres se empezaban a remover en sus asientos cansados de ser la clase obrera maltratada, la que era media encontraba cada vez menos lógicas sus diferencias con la denominada alta. No hablamos de dinero, hablamos de su procedencia. Los banqueros y abogados ya no entendían por qué seguían teniendo menor representación. Inglaterra, a menudo preocupada por su futuro y con una Revolución Industrial que parecía haber surgido para quedarse de por vida, escribió una pequeña página en el misterioso mundo de la literatura. Cuando todos parecían querer explicar –y comprender- lo que sucedía fuera, algunos autores empezaron a mirar hacia dentro.

El impulso de los ‘penny dreadfuls’ fue significativo. Aquellas novelillas que costaban un penique y que contaban historias traídas con el viento del Este calaron de manera considerable en la sociedad que, atemorizada, devoraba sus páginas. El terror empezó a entenderse cómo distracción porque a todos nos ha gustado siempre susurrar que no queremos saber más de algo que nos va a dar pesadillas. Y, aún así, lo hacemos. Vampiros, hombres lobos, fantasmas; especies inexplicables que se agolpaban en una encuadernación barata que nunca significó mucho para los que hablan sobre literatura. De ellos salió gran parte de lo que hoy entendemos como novela gótica. Quizás, estilísticamente hablando, el uso del lenguaje ni las situaciones eran las mismas. Pero el sentimiento provocado supone la misma atracción que leyendo la mejor de las obras de miedo.

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quote2Primero, mucho antes, fue Frankestein. 1811, en una casa suiza alquilada por Lord Byron, y tras una considerable ingesta de drogas, Mery Shelley creó uno de los mayores terrores humanos: la concepción por parte de una sola persona de algo que se puede considerar hijo. Aquel monstruo –injustamente llamado con el nombre de su “padre”, el Dr. Frankenstein- pobló las pesadillas de numerosas noches. Y, sin embargo, en ese disfraz de sobrenaturalidad, de miedo, Shelley fue capaz de expresar la anhelación humana de poder crear como si de Dios hablásemos. Pasaron los siglos, Nietzsche proclamó la muerte del mismo y, sin embargo, seguimos sintiendo la misma fascinación que Víktor sobre la idea de poder crear.

Pocos años antes del surgimiento de la obra más conocida de Oscar Wilde, Jack el destripador recorría las calles del East London expandiendo el miedo y el temor. Ésta vez no hablábamos de algo de lo que poder escondernos detrás de unas páginas pero –al igual que pasara con el mito de ‘Sweeney Todd’- su historia fue constantemente repetida en la creación artística posterior. Mientras tanto, El Retrato de Dorian Grey nos mostraba a un joven en el que todos confiamos al principio pero del que después conocemos su gran secreto. Él no vivía en las clases bajas de Londres ni tenía grandes problemas para poder acceder a lo que se conoce como una vida modélica pero, sin embargo, llenó su vida con lujuria, desenfreno y pecado. El amor a la juventud eterna, superar el tiempo, nos volvemos a colocar en el lugar del Dios omnipotente de aquellos años y, muchas veces, comprendemos las anhelaciones de Grey aunque condenemos su manera de conseguirlos. Sin tanta carga terrorífica para poder ser considerada novela gótica, muestra el otro lado más oscuro de la naturaleza humana, aquello que queremos mantener en nuestra alma bien encadenado para que nadie pueda abrirlo jamás. Y, por eso, nos da seguridad que sea alguien como Oscar Wilde el que nos hablé de él,  porque podemos disfrutarlo, criticarlo, condenarlo y sentirlo para después cerrar el libro y seguir pensando que jamás pintaríamos ese retrato.

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quote3Pero aún necesitábamos algo más. Algo que no fuera humano pero a la vez lo pudiéramos sentir cercano. Algo con tan poca alma que nos ayudara a curar las heridas de la nuestra. No queríamos mostrar la humanidad, no queríamos que fuera de los nuestros sino algo tan separado y tan inconcebible que fuera capaz de convertirse en nuestra peor pesadilla. Le tocó materializarlo a un irlandés apellidado Stoker que se valió de las viejas historias de Europa del Este mezclándolas con grandes dosis de opio. Drácula, 1897. Como quién no quiere la cosa, nos regaló una de las mejores formas de literatura jamás concebida. Da igual que te guste el terror, da igual que prefieras las pasiones, las historias fragmentadas o que nunca hayas escrito una carta. El conde Drácula consigue que olvides el miedo para hipnotizarte en la más absoluta de las atracciones. No es el personaje principal quien está sufriendo los efectos, eres tú mismo en la más absoluta muestra de acercamiento al lector. Acabas siendo Mina, acabas siendo aquel capitán que escribe el diario de a bordo –una obra maestra dentro de la misma obra maestra, acabas siendo Drácula. La catástasis moderna termina su labor, aunque aún no tengas claro lo que ha quedado en pie dentro de tu alma.

Sue tiene 7 años y aún no lee muy bien las palabras. Sin embargo, hay algo en los cuadernillos viejos de su hermano, y en la mirada de desaprobación que pone mamá cuando viene con dos o tres debajo del brazo, que le hace no querer apartar la vista de sus imágenes. Sue aún no sabe lo que es el miedo aunque le suena haber oído que muchas cosas van a cambiar cuando empiece el siglo XX. Freud aún no ha hablado de la pulsión ni el Titanic ha hundido con él a una sociedad que estaba cerca de la desaparición. Sue todavía no ha oído la palabra sufragismo y le llevará un tiempo aprender a entenderla para afrontar su futuro y cambiar el mundo aunque de miedo.

Porque si el miedo es esa sensación de cosquilleo que tiene cuando ve las portadas de los ‘penny dreadfuls’, “mamá, es que sólo cuestan un penique”, tiene claro que enfrentarse a él no puede ser malo.

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