Un viaje en carretera por América

PORTADA 2
Bajas la ventanilla, suena a una canción de volver a empezar, el polvo te hace cerrar los ojos, una carretera que parece no terminar, sonido de motor y la Ruta 66 en el pack de sueños cumplidos. Estás en los Estados Unidos de América del Norte aunque nunca jamás hayas montado en avión ni salido de tu pequeña hometown. Porque una vez escuchaste algo que sonaba a que la literatura es el billete de aquellos que no pueden coger el tren.

Y para ello, necesitabas a alguien que lo escribiera por ti. A lo mejor escogiste a John Steinbeck y a lo mejor leíste un libro que, publicado en 1960, nunca llegó a tener mucho éxito, Viajes con Charly. ¿Qué tendrá el ‘sueño americano’ que todos nos sentimos parte de él?

Nacido en California un 1902 y tras haber triunfado con obras como Tortilla Flat, Las uvas de la Ira o Al este del Edén, Steinbeck decide –dos años antes de recibir el Nobel de literatura- montarse en un auto caravana y recorrer su país con la única compañía de su caniche francés. Su única motivación era la de descubrir una ruta que le hiciera recuperar gran parte de su identidad americana.

No había oído el habla del país, ni olido la hierba ni los árboles ni las alcantarillas, ni visto sus cerros ni sus aguas, ni su color ni la calidad de su luz. Sabía de los cambios sólo por los libros y los periódicos. Pero, aparte de eso, llevaba veinticinco años sin sentir el país.”

Como si alguien necesitara de una excusa para escribir, como si no surgiera de una necesidad de sentir de la única manera que conocemos.

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Muchos le acusaron de no haber sido lo ‘suficientemente real’, poniendo en duda que ese viaje se llegara incluso a realizar. Pero lo cierto es que, cuando nos enfrentamos a Viajes con Charly, nos encontramos ante un libro de vejez que habla del tiempo, de los sueños, del resultado, de la vida y de la compañía cuando solo nos tenemos a nosotros mismos. Quizá está bañado con demasiado optimismo norteamericano con el que nos resulte difícil de comprender pero nos hace real un viaje en el que todos hemos querido sentirnos parte.

A la misma vez, descubrimos una de las facetas claves del estilo de Steinbeck. Nombres concisos, descripciones acertadas, fotogramas que se enlazan a una velocidad de vértigo, contar mucho con pocas palabras. Realismo norteamericano o lenguaje periodístico, aún muchos no ven la diferencia. Porque Steinbeck, antes de ganar el Nobel, ya tenía un Pullitzer.

Ahora parece mucho más sencillo. El periodista que escribe libros, el escritor que trabaja en un periódico. Sin embargo, fueron sus crónicas sobre la Dust Bowl las primeras que introdujeron literatura en un formato de noticia. Porque 24 años antes –en 1936- y teniendo aún la confianza de la juventud, se había montado en una furgoneta de panadería para recorrer California en calidad de reportero del San Francisco News. Otra vez un viaje por carretera, otra vez una ruta que todos deseamos recorrer pero, a diferencia que en Viajes con Charly, el camino eran las personas de los que tratan.

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Los vagabundos de la cosecha o todos aquellos ‘okies’ que, debido a las tormentas de Oeste producidas en el Medio Oeste de 1931 a 1939, tuvieron que emigrar hacia la Costa en busca de un futuro. Pero aquí ya no deseamos hacer el mismo viaje porque está cargado de una búsqueda de oportunidades infructuosa, de desprecio, de fracaso y de sueños truncados. Porque ya no hablamos de una radio mal sintonizada y de un leve picor de ojos producido por el sol. Hablamos de caras cansadas, cuerpos delgados, niños que no sobreviven y personas que han dejado de ser consideradas como tal. Sus héroes.

“Un escritor solo puede escribir sobre aquello que admira. Y los reyes de hoy en día no son interesantes, los dioses se han ido de vacaciones y los únicos héroes que nos quedan son los científicos y los pobres”.

Después les dedicaría su obra maestra, Las Uvas de la Ira, y –gracias a un par de fotos de Dorothea Lange- los convertiría en personajes de un capítulo de la Historia.

Poco importa ya la ruta que decidas tomar porque pisas el acelerador con rabia sin tener muy claro si algún día conseguirás realizar ese viaje. Pasas cada página como si hicieras una fotografía y aparece ante ti el Gran Cañón, una playa perdida que recuerda un poco al lugar donde naciste, aquella vieja señal y la certeza de que tú también formas parte de este lugar. Suena Don McLean y te sientes más libre de lo que nunca creíste posible.

Porque, al final, todos somos un poco ‘okies’ y siempre buscamos en el otro lado del mundo todo aquello que nos falta en el nuestro.  Mientras cantamos So bye, bye, Miss American Pie, drove my Chevy to the levee but the levee was dry, them good ole boys were drinking whiskey in Rye singing this’ll be the day that I die, this will be the day that I die y juramos que, en ese momento, lo estamos viviendo.

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