Vivir del teatro sin comer del teatro

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Es sábado por la tarde, me dirijo al número 10 de la calle de Santa Lucía, muy cerca de la Plaza Dos de mayo, en el corazón del barrio de Malasaña. Todo lo que sé es que voy a conocer a los miembros de una compañía de teatro independiente. Llamo a una puerta metálica y me reciben Marta y Alex, están terminando de recoger y ordenar la sala. Es un espacio pequeño, pintado de negro, con unas gradas a un lado y dos o tres filas de sillas, junto al espacio reservado para el escenario una puerta conduce una pequeña habitación que se utiliza como camerino en los espectáculos, varios focos cuelgan del techo y una gran pantalla blanca cubre la pared del fondo del escenario.

Falta por llegar Javi, uno de los miembros fundadores y decidimos empezar la entrevista. Le pregunto a Alex ¿Cómo comenzó todo? “Fue hace 5 años, una serie de amigos que llevaban haciendo teatro de manera amateur desde hacía un tiempo, decidieron juntarse para hacer su propia sala, para tener su propio espacio, gestionarlo a su manera y hacer una propuesta que no sólo incluyera teatro. Así empezó La Tirana. El local era un locutorio horrible, y durante dos o tres meses muy intensos hicimos la reforma: se tiró un friso que había, se raspó todo el gotelé, se cambió el suelo, se construyeron las gradas, se hico el techo, luego la instalación eléctrica, se pusieron los focos… Es increíble cómo ha cambiado el espacio.”

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¿Y cómo surgió la idea de crear una sala propia? “Eso no te lo puedo decir porque no soy de los fundadores aunque eché una mano en la reforma, yo me incorporé hace dos años. Javi te responderá. Supongo que empezaron por la misma razón por la que yo me metí: cuestión de gusanillo, quieres crear, hacer cosas con mimo, en tu espacio, a tu manera y sabes que tienes un público objetivo que te puede respaldar, sabes que tienes una propuesta que puedes lanzar y que la gente puede responder positivamente porque conoces más o menos el barrio, vives en Madrid, sabes lo que se mueve, las propuestas que hay en salas parecidas a la nuestra o en circuitos más convencionales”. Tienes una inquietud y quieres desarrollarla ¿verdad? “Inquietud es una palabra bastante clave, todos tenemos nuestros trabajos, ninguno nos dedicamos a esto pero sin embargo tampoco puede calificarse lo que hacemos como amateur, no me gusta usar esta palabra para referirme a lo que hacemos”. Es cierto, lo que vosotros hacéis no es precisamente de aficionados, Marta me cuenta su experiencia: “El concepto amateur hace ver que no te lo tomas tan enserio, que no eres profesional. Mi experiencia en La Tirana empezó como espectadora. Cuando te pones a hacer un montaje tienes que hacer desde el libreto hasta visualizar el espacio, qué hay que hacer para transformar el espacio, mirar las luces, el sonido, mover focos, pintar, eso no es amateur, es demasiado trabajo y demasiado compromiso con el espectador y contigo mismo como para considerarlo amateur”. Alex también opina: Es difícil saber dónde está la diferencia. Pero hay una diferencia clara de actitud, tenemos un respeto por la sala y por el espectador, nos gusta hacer las cosas con un poco de mimo, y como un fin en sí mismas. El amateur hace teatro, nosotros hacemos obras o espectáculos, hacemos propuestas, no es un hobbie, es un tipo de dedicación completamente diferente. Intentamos hacerlo todo lo serio que nos permite el espacio y nuestras condiciones, nuestros trabajos”.

¿Si esta actividad os diera el suficiente dinero os dedicaríais por completo a ella? ¿Dejaríais vuestras carreras? Alex es el primero en contestar: “Yo personalmente no. Estoy contento con la profesión que hago. Si hubiese empezado a ser actor desde el principio a lo mejor te daría otra respuesta, pero ya no es igual, ya tengo mi energía puesta en mi carrera igual que la tengo en el trabajo que hago aquí. Porque para mí esto es un trabajo, no como ir a la oficina sino como un trabajo encantado. Yo no vivo del teatro pero el teatro me da la vida. Creo que ningún tirano hace teatro como un medio para cambiar su situación vital, no es una vía de escape como tal, es un disfrute, es un gusto. No somos actores o directores frustrados. Ninguno tiene intención de dedicarse a esto, es lo único que puede ser común a todos”. Le toca a Marta: “Yo conocí La Tirana como espectadora hace 3 o 4 años, cuando hacían un espectáculo los domingos de cuentos para adultos y para mí era un gustazo venirme los domingos a ese cojín a escuchar cuentos para gente mayor. Y luego, conociéndoles, es cierto que no hay frustración, sólo se ve mucha ilusión y mucha implicación, y el hecho de tener tu profesión a parte te hace valorar más el estar aquí y hace que haya una frescura diferente. Cuando trabajas de algo puedes llevarte alguna nube negra pero cuando sólo es pasión, no tiene nada que ver”. Alex añade: “No sería incompatible que alguno de nosotros se quisiera dedicar a ser actor o director, nos podría venir bien ese punto de vista. Para la fiesta de aniversario hemos preparado varios cortos y hemos creado un manifiesto, uno de los puntos es que nos declaramos intrusistas, porque creemos que el intrusismo es una forma de arte,  esto define esa idea. Nos sentimos más libres sabiendo que no es nuestra profesión principal, simplemente hacemos lo que nos da la gana. No es que no tengamos ninguna norma, sólo que no nos la impone ningún interés en medrar o tener una carrera mejor”.

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¿Cómo nace un espectáculo en La Tirana? “Puede venir alguien con una idea, algo que haya visto y le haya gustado mucho y hace su propuesta, si nos gusta y nos apetece se decide quien lo escribe, se revisa… Puede caer una obra en nuestras manos o nos pueden ceder obras, si gusta se hace, se decide quién la va a dirigir quien hace cada papel… La actividad aquí no para y estamos en continuo contacto, tenemos una nube de ideas que estamos discutiendo constantemente, algunas cosas salen y algunas no. Y todo eso tenemos que adaptarlo a nuestras limitaciones, sobre todo de espacio. Somos conscientes del espacio e intentamos que no suponga un problema sino que nos ayude, nuestras obras no llevan el espacio arrastras sino que lo usan. No nos vamos a embarcar en un proyecto que vaya a suponer un esfuerzo enorme, pero luego de repente hacemos locuras”. Marta me explica la última locura: Va de adaptar el espacio y sacarle el máximo partido, que es otro dogma del manifiesto: no existe la falta de recursos, existe la falta de creatividad. La última obra era en un hogar de una pareja, todo sucedía en esa habitación. Para que el espectador se sintiera en esa casa y para poder movernos nosotros como si así lo fuera, lo que hicimos fue construir la cuarta pared de La Tirana. Estuvimos un fin de semana encerrados con la ayuda de padres y madres, creamos una estructura al fondo del escenario con telas que era una pared con una puerta que permitía muchísima más libertad de movimientos y salidas. Al principio pensamos que limitaría el espacio pero lo que hacía era duplicarlo, sacrificando una fila de espectadores”.

Mientras hablamos llega Javi con su casco de moto, se sienta con nosotros y se mete en la conversación como si hubiera estado desde el principio. Le pregunto qué otras actividades se hacen en La Tirana. “Aquí se hace teatro y teatro para niños. También se hacen eventos, presentaciones de libros, de cortos. Se hizo un mercadillo para una protectora de animales, y un curso de música muy interesante. Cuando empezamos estábamos abiertos a todo y tuvimos una época ruidista, que nos vino de casualidad. Un día vino un grupo que quería tocar en nuestra sala, no nos dijeron que tipo de música hacían pero venían con saxofones, supusimos que tocaban jazz. Pero cuando empezaron a actuar desarmaron los saxofones y empezaron a traer juguetes y con ellos empezaron a hacer música o ruido, ellos dicen que son ruidistas. El espectáculo fue muy raro, nos sorprendió a todos, pero les encantó la acústica de la sala. Ellos estaban encantados, empezaron a llamar gente y vinieron de muchos países, hubo un año que éramos una sala de referencia del ruidismo, empezaron a dejar sus cosas en la sala, éramos un templo del ruidismo, fue curioso. Con el tiempo aumentamos nuestra actividad y ahora se ha quedado una vez al mes”.

Alex saca el tema del cine en La Tirana: El cine es una parte importante de la sala. Los viernes o domingos, y más en invierno que es cuando más apetece, proyectamos películas y hacemos ciclos”. Javi sigue: “En un poco cineclub. Uno de los socios, que es el experto cinéfilo, coge un corto o peli y se presenta, se proyecta y se habla sobre ella, luego nos vamos a tomar unas cañas y seguimos la charla. Lo del cine llevamos haciéndolo 9 años, los viernes poníamos una peli y nos íbamos de cañas, entablas relación con la gente y los «captas». En esas conversaciones se habla de todo, empiezas por la peli pero acabas hablando de muchas otras cosas”.

Y ¿Cómo participa el barrio en estas actividades y espectáculos? Me contesta Javi: “Me gusta mucho pensar que hacemos cosas para el barrio, que sí las hacemos para el barrio, en realidad es donde estás, la gente que viene al cine suele ser que está cerca. Esa es la parte de barrio, que te conocen, te estás tomando unas cañas y después te pasas a ver la peli. Otros pasan por delante y ven la puerta abierta, se asoman y ven que hay una peli y entran a verla. También ha habido algún proyecto en el barrio de juntar varias salas, alguna plataforma de teatros de la zona pero con poco resultado”. Continúa Alex: La gente que es del barrio sí conoce la sala, sabe lo que hacemos, y la poca publicidad que hacemos la hacemos por aquí, vamos a los bares que conocemos a dar a conocer las obras, hablamos con la gente de aquí”.

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Ahora que está Javi quiero volver al momento de la fundación ¿cómo fue? “Fue hace 5 años. Veníamos de otra asociación que se hundió. Y un grupo de gente nos quedamos con las ganas de seguir haciendo cosas. Había que hacerlo desde cero, encontramos este espacio, era un locutorio muy cutre, para reformarlo estuvimos un mes entrando los viernes después de trabajar y saliendo los domingos por la tarde, hicimos de todo, soldar, pintar, albañilería, electricidad… Aprendimos un montón. Éramos los socios y más amigos que venían a ayudar, a dar ideas, a enseñarnos. Siempre te ayuda gente, tuvimos mucha ayuda de gente. Y después de eso empezamos, nos costó un poco, fue duro, mucho trabajo, empezamos con cosas muy básicas, no nos conocía nadie, hacíamos fiestas para sacar un poco de pasta. Y al año siguiente hicimos las gradas, que fue el segundo proyecto gordo. Compramos los focos sin tener idea de cómo funcionaban o de qué se necesitaba. También tuvimos que hacer toda la burocracia necesaria”.

Para terminar ¿cómo veis el futuro? Primero contesta Alex: “Yo suelo evitar pensar en eso, el proyecto no es que la sala esté abierta, el proyecto es un grupo de amigos que quieren presentar propuestas, y estará vivo el tiempo que nos haga ilusión. No queremos mantener la sala abierta para hacernos un hueco entre las salas alternativas de Madrid, el objetivo es hacer cosas que nos ilusionen y cuando eso no exista la sala desaparecerá y eso puede ocurrir mañana o dentro de 10 años. Pero siempre habrá gente derivada de la actividad que esté cerca de nosotros y pueda reemplazar perfectamente a socios que se vayan”. Y después Javi: “Sí que hay una renovación, al principio éramos 8, luego se fueron dos y vinieron otros dos que aportaron, y aportan, un montón de cosas nuevas. La gente que va entrando aporta sus historias y su energía. Es verdad que la energía de los veteranos va bajando un poco y está bien que se renueve, siempre manteniendo la estructura y la cohesión del grupo. Tampoco me he planteado cuánto durará esto, no nos hemos planteado un fin o un objetivo a conseguir, como tampoco hay un objetivo económico. Es el amor al proyecto en sí mismo de la gente que viene y de los que estamos lo que lo mantiene, en cuanto el amor al proyecto decaiga o las responsabilidades personales de los socios vayan cayendo, ya empezaríamos a pensar en que se acabará”.

Esto es La Tirana Malas Artes, un grupo de amigos comprometidos con una pasión plena de creatividad, y con el enorme privilegio de gozar de la libertad que proporciona el hecho de no tener otro objetivo que el de disfrutar con lo que se hace. 

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